GTA IV
23/05/2008
Stan By
Take me down to Liberty City.
DONDE EL asfalto es duro y las chicas bonitas... a veces. Si el Paradise City de los Guns N’Roses es un lugar idílico del rock y todo un hito, Liberty City (esta Liberty City) lo es del videojuego. Y no por su belleza (aunque esta nueva encarnación llega a ser abrumadoramente preciosista), sino más bien por todo lo oscuro y brutal que ofrece para el jugador fiel a GTA. En términos de jugabilidad, pero también a un nivel emocional.
GTA IV es, en muchos aspectos, un movimiento de Rockstar hacia el realismo. Lo que no quiere decir que los creadores de la serie hayan descartado el humor negro mordaz y la parodia casi de caricatura que le ha caracterizado tradicionalmente. Pero atrás queda, por ejemplo, la acumulación compulsiva y abrumadora de opciones, posibles acciones, secretos, posibilidades de personalización...
Refinamiento realista
Aunque en GTA IV no sean precisamente pocas las posibilidades y las libertades (¡ni mucho menos!), se trata en cierto modo de un ejercicio de sincretismo y depuración de la fórmula Grand Theft Auto.
Realismo, o más bien simulación, es la palabra con la que podríamos defi nir cada avance que Rockstar ha planteado. Desde el mismo escenario, hasta su interacción con él y los habitantes que lo pueblan.
La vuelta a Liberty City de la serie presenta probablemente la ciudad (de exploración libre, por supuesto) más viva que hayamos presenciado hasta ahora en la historia del videojuego. Es algo que más que percibirse conscientemente, se siente: sus habitantes, de una diversidad que parece no tener fin, hacen su vida, ajenos a nuestras acciones (hasta que les pasamos por encima con un coche), al ritmo de sus propias motivaciones y rutinas diarias. Hay accidentes, hay detenciones, gente leyendo el periódico, sacando dinero de cajeros automáticos, comprando comida... Viviendo, en defi nitiva, o simulando maravillosamente que viven.
Estéticamente, la ciudad es impresionante: sus colores, su arquitectura bien diferenciada dependiendo del barrio, sus luces, sus pequeños detalles, sus recreaciones de lugares reconocibles de la auténtica Nueva York en que se inspira... Y luego está, claro, el tamaño, enorme, y todos sus niveles: azoteas, edifi cios a los que encaramarse, túneles de metro que recorrer (con estaciones fantasma repletas de vagabundos incluidos), sus líneas de ferrocarril, sus locales de entretenimiento...
Liberty City respira vida. Algo a lo que ayuda, sin duda, el cuidado puesto en recrear físicas realistas, especialmente en el comportamiento de los personajes. Así, gracias a un empleo ejemplar de un motor como Euphoria, estos se mueven de forma muy humana: desde la manera en que son vapuleados al ser atropellados o arrastrados al quedar enganchados en un coche, a cómo reaccionan ante un choque o un simple empujón. Uno de los efectos estrella y más impactantes es la fragilidad de sus cuerpos al atravesar el parabrisas en los accidentes más brutales.
En el apartado gráfico hay algunas pegas que poner, pues hay bastante presencia de aliasing, algo de popping eventual y la forma en que se dibujan los fondos a veces es un tanto brusca. Pero, claro, el horizonte permanece ahí siempre, hasta donde alcanza la vista. Y toda la ciudad, con sus elementos al completo, está presente constantemente: algunos problemas son inevitables ante tamaña ambición representativa. Sólo el futuro nos dirá si la actual generación de consolas puede representar lo que dibuja GTA IV con ese puntito de perfección que le falta. A nosotros, sinceramente, nos trae un poco sin cuidado.